Café. música y recordaciones
POR DANIEL OSORIO
Estudiante de comunicación social y periodismo-Universidad Javeriana
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“El amor de Dios en un corazón dispuesto.” – Así se describiría Jairo Molina Valencia, un señor de 60 años, con gafas, vistiendo una camisa de cuadros y un delantal blanco, en una frase. El es el dueño y creador de Salón Artesanía Musical, un café musical ubicado en el Distrito Creativo San Felipe, donde se puede pasar un gran rato, pero además donde hay un museo personal, que será institucionalizado y registrado como entidad museal ante el Sistema de Información de Museos Colombianos (SIMCO).
Cuando las personas entran al salón
Lo primero que se ve al llegar al lugar es un cartel colgando que dice “café, bebidas, tortas, postres… música!”. Jairo se ve recostado sobre el mostrador, donde están las tortas de almojábana, de zanahoria y las empanadas argentinas y donde también reposan un yogur de melocotón, uno de fresa y uno de mora. El aroma se siente arrullador, de casa: notas de café mezcladas con las notas musicales que suenan por los parlantes perfectamente ubicados, para que el sonido sea envolvente y se escuche con la misma nitidez en cada parte del sitio, y mesas y sillas de madera, como si de una sala y unas onces familiares se tratase.
Y es que a lo lejos se ve la cocina donde se preparan las tortas, las empanadas y los pedidos de amor y amistad que realizan en septiembre, hechas por su esposa, que obligan a las personas que vienen al distrito a perderse entre galerías de arte y bares, a reencontrar su paz con ellos mismos y a escuchar una música más suave. Salir de la fría y feroz noche de caos para entrar a donde el tiempo parece no moverse hacia adelante, sino hacia atrás.
Eso es lo que las personas sienten cada vez que entran al museo, al que se accede mediante una puerta blanca de rejas. Es una colección personal de hace cerca de 40 años que contiene desde una grabadora GRUNDIG TK-27U Alemana de los años 60, un mezclador estéreo MQ-3200 de 1970, todas las cámaras que usó en su paso como fotógrafo, radios antiguas, discos de Fulvio Salamanca y máquinas de escribir, hasta fotos de sus papás y sus suegros, con un cuadro detrás bordado a mano que dice “Bendice señor este salón donde se ama, se cree y se espera en Dios” y el nombre del lugar.
Cuando las personas entran al salón, tienen regresiones emocionales, porque hay muchos equipos de hace más de 100 años, como una Victrola de los años 20, que los hacen volver a esas épocas. – “van a recordar a sus abuelos, a sus tíos, a sus papás.” – dice Jairo. A él también le dan regresiones emocionales porque el salón entero es una dedicatoria a su papá, a su mamá, a su suegro. – “Es como tener a mí papá al lado.” – cuenta.
El amor por la música
El amor por la música viene desde su familia, con su papá siendo la voz suplente de Garzón y Collazos, el dúo Silva y Villamil frecuentando su casa y su esposa siendo prima segunda de Silvestre Dangond. Mientras que ellos se centraron en ser los voceros de la cultura colombiana, Jairo se centró en la buena calidad del sonido, y tuvo una agencia de publicidad con estudio de sonido incluído, conservado todavía en el museo. Por eso la posición tan organizada de cada una de esos parlantes, cajas negras rodeadas de una cubierta de madera, que cada vez que alguien quiere tener esas recordaciones emocionales al ritmo de José Feliciano, Sergio Mendes o Susa, la puede colocar en el tocadiscos.
Jairo ha tratado reflejar todo lo que es él, decorando todo el lugar con su esencia: vinilos con las canciones de Disney traídos de Disneyland, piezas de colección de algunos carros clásicos, sus bicicletas de hace 40, 45 años, en perfecto estado. Pulidas, igual que su presentación y su sitio, su segunda casa.
La colección del museo también se ha ampliado porque a las personas les gusta traer elementos de su propio repertorio. En total hay 800 cassettes, llenos de historias personales, voces que ya no están pero que merecen ser inmortalizadas, la colección completa de la Sonora Matancera, una colección de música en doce cassettes de toda la música mexicana. Un inglés le regaló un Betamax, diciéndole en su español aprendido en Inglaterra “tú necesitas un Betamax.” Así mismo, hay equipos de sonido que un ingeniero civil le trajo, que fueron los primeros cuando se casó, trayendo también el equipo de sonido de su papá. Todos confían en el cuidado que Jairo les da, de limpiarlos, pulirlos, y contar la historia de cada uno de ellos.