Rojo apocalíptico:

cuidando las vidas ocultas de la Masacre de las Bananeras

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 POR Sara Chemas Salazar

Entre los viejos papeles que muchas veces quisieron ser enterrados por los culpables, entre las ruinas absorbidas por un océano sin piedad y enterradas por el tiempo a través de los años: se encuentra la Masacre de las Bananeras, una tragedia histórica que se mantiene en pie desde la vergüenza, la repulsión y la nostalgia hasta el día de hoy.
Este brutal acontecimiento tuvo lugar entre el 5 y 6 de diciembre de 1928, en lo que la Doctora Beatriz Adoue y las licenciadas Karen Garcia y Priscila Engel (Colombia Informa, 2015), , refiriéndose a la estimaciones oficiales denominan fue “entre la una y media y las dos de la madrugada”. La Masacre de las Bananeras es definida por ser una matanza a manos del Ejército Nacional contra la huelga y paro general por mejores condiciones laborales, estallado el 28 de noviembre del entonces presente año, por parte de los trabajadores de la compañía estadounidense United Fruit Company, mejor conocida en aquel momento por ser la más grande productora de banano del mundo.
Poco antes de las 10 de la noche del 5 de diciembre, a la estación del ferrocarril de Ciénaga no le cabía un alma. Se desconoce el número exacto de obreros y sus familias, pero asume que era bastante amplio dado el cubrimiento de la estación. Todas estas personas esperando con emoción en los ojos, sonrisas y de manera pacífica el comunicado del Gobierno Nacional de Miguel Abadía Mendez en solución a los puntos mencionados, sin saber que sería todo menos eso. El gobierno de Abadía necesitaba sacarse a Estados Unidos de encima con sus “intereses en juego” (Guevara, 2023) afectados con las protestas
por lo que designó la misión de erradicar de forma inmediata la huelga a su ministro de Guerra, Ignacio Rengifo, quién le daría la misión a su hombre de confianza, el general Carlos Cortés Vargas. Este último, debía asumir el papel de comandante civil y militar dirigiéndose a Santa Marta con un batallón del Régimen de Nariño, al que cambiaría por uno “cachaco” con tal de evitar una posible relación con los trabajadores implicados.
Fue así que, en horas de la madrugada, una vez notificado del asentamiento de los trabajadores, el general Cortés, en colaboración de 300 soldados, posicionó una metralleta en un punto clave y rodeó la zona en posiciones estratégicas, principalmente desde la zona norte para evitar apuntar a las casas de los demás civiles o ser escuchados. No pasaron ni 5 minutos, cuando el azul de la noche cambió a rojo con cada disparo. Gotas sangre que jamás serán borradas, vidas que quedaron sin vivir y, que a pesar de esto, en la escena solo se encontraron nueve cuerpos, un intento «simbólico» por parte de los masacradores de presentar cada punto que había sido mencionado en la lista de protesta. En cuanto a las muchas víctimas, relatan que sus cuerpos fueron tirados al mar o quemados, pasando como vidas desapercibidas junto con las cifras que fueron alteradas por el mismo Cortés, quien además, después de todo, conservó su trabajo por otro año y el Gobierno lo justificó como un intento por “mantener el orden” (Núñez, 2020).
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El uso de la palabra “cruel” se queda corto para este apocalipsis rojo.